La envidia, el baile y la L
20070316
De por sí el día no había sido muy bueno que digamos: fui a trabajar (ya con eso se chingó todo), me llovió mientras caminaba de una oficina a otra (y traía chanclas), el humor medio de la chingada, algunas personas igual. ¡Puagh! Un viernes medio del nabo. Salí, según yo “bailar” y unos vodkas me harían sentir mejor. Pinche iluso.
Fuimos a un lugar de música latina (salsa, merengue, rumba, cumbia), digo, alguna vez debo aprender a mover las patas de acuerdo al ritmo de la música y no nomás patalear y brincotear a lo pendejo. Llegué muy madres al lugar, zapatitos, pantaloncito, camisita, jeta de mamón en gel de 100 varos, tsss… todo un galán de balneario (diría maik). Un vodka para entrar en calor. Una cervecita pa’ mantenerme estable. Unos cigarritos pa’ la actitud vale-madres (sí, fumo y qué pedo). A bailar. Mi acompañante, rifándosela, yo, pos intentándole. Veo a mis amigas (y amigos), moviendo el bote, acá sabrosón, copio un par de pasos, muevo los hombros, sonrío. Parece que me estoy relajando y los pasos solitos salen, poco a poco voy mejorando mi estilo. Cuando de quién-sabe-dónde, sale un cabrón (morenito, flaquito y bien parecido según mi acompañante) bailando como pinche loco, bueno, al revés, bailando como profesor de academia “dancística” con 15 años de experiencia y titulado en el Instituto Cubano de Baile Cachondón como Doctor en Baile Arrejuntado y Sabrosón. Una especie de remix de Sergio el bailador (el de las cumbias). De esos que dan envidia ver (o al menos a mí, chale, pinches traumas). Mis piernas instatáneamente se engarrotaron. Parecía camión con problemas en los amortiguadores. Traté de no ceder al reto (yo creo que ese cabrón ni se inmutó con mi presencia, pero eso a mí me pareció un reto), cerré mis ojitos (como quinceañera a punto de dar su primer beso) y me concentré en mis pasos. Lo ignoré, poco a poco recuperaba el ritmo. Cuando de pronto mi acompañante, con esa característica y femenina voz y actitud me dice: “no mames ese wey baila bien chingón y está bien rico”. Fingí tener un ataque crónico de tos y le pedí que regresaramos a la mesa. Ya no bailo. Mejor veo y trato de aprender. Otro vodkita, pa tranquilizar los nervios. Otra chela (mira puto, yo me acabo esta madre más rápido que tú, glu, glu, glu, aaaahhhhh). Mi acompañante continúo bailando. Yo me hundí en la silla, en los hotdogs y en la conversación. No iba a permitirme llegar a mi casa otra vez jodido. Así que volví a mi cara de chico simpático y sonreí (JE-JE-JE).
Salimos del lugar poquito después de haber llegado el “grupo” (un wey y una vieja con pianito casio de baterías recargables). Buscamos un lugar “barato” a dónde ir. Yo sugerí el McMullen’s (para aquellos que no viven en Monterrey, es una semibodega con mesas, con buena música, el cover de 50 varos, ¡la chela a 5!, raza brincoteadora, viejas bailando en las mesas, el lugar perfecto), pero mis amiguis preferían otra cosa. Después de 20 minutos de debate, se decidió (por mayoría no unánime, o sea, yo no estaba de acuerdo) que fuéramos al Arcoiris (para esos mismos que no viven aquí, es un bodegón open mind [por no decir antro gay], con cover de 15 varos [50 pa’ la zona vip], chela a 15 y con shows y variedá [estripers, imitadores y uno que otro exhibicionista]). Reí a carcajadas con el (¿la?) imitador de Astrid Hadad. Terminó el chou y todo el mundo en su pedo, mi acompañante bailando en el escenario, mi amiguis abrazados a sus novias (con cara de “me sueltas y me chingan”) y yo como pendejo mirando a todos lados a ver si conocía a alguien con quien platicar. A la hora y quince minutos de haber llegado se fueron mis amiguis, me quedé con mi acompañante (viéndola bailar) y otro wey (y su vieja). Dado que casi todo el mundo me ignoraba (excepto los meseros, que notaban mi soledad y me ofrecían chelas para ahogar esa sensación), caminé un rato a ver si encontraba algo interesante. Miro a la derecha, unos weyes bailando cachondón (y dale con el pinche baile), miro a la izquierda unas butch, miro atrás y no distingo bien, miro al frente y cerca de mi acompañante (que se convirtió en conoce-chingos-de-gente-en-este-lugar) una chica, de linda figura y sonrisa angelical (toda una nena) bailando con un butch (para más información sobre estos términos remítase a raza rosa). Me acerco a mi amiga y pues como parece tener más experiencia en estos casos, le pregunto inocentemente: Será lesbiana? Sin más preámbulo contesta: Sí. No, pero mira, no ha besado a nadie, ni se anda manoseando y tampoco tiene actitud “machorra” (constesta mi misógino y entusiasmado yo interno). Mmm, pues quién sabe, por qué no le preguntas cuando esté sola. Pues sí, eso haré. Bailé ahí cerquita un ratito, me apendejo tantito y ya no está, en eso me da un zape mi amiga y me dice ¡órale wey! ahí va. La sigo como pervertido y se mete al baño. Espero afuera, no tan cerca del baño, no sea que de veras crea que soy uno. Llega mi amigo y me pregunta a qué hora nos vamos bla bla bla, le respondo otro bla bla bla y se va. Sale y mi cuerpecito se alborota (sobre todo la panza) le tomo el brazo (delicada y temblorosamente) y me presento. Hola, soy amargator (para ti amargocito), me preguntaba si vienes con alguien, te vi bailando en el escenario, bailas muy bien ¿te puedo invitar algo? (claro wey, atáscala con tus pensamientos y tu galanura balneariezca). Qué tal soy Liz, gracias, pero vengo con mis amigas y para serte franca soy lesbiana (me sonó a Hola, soy Liz, con L de Lesbiana), nos estamos viendo. Oh, ok (agréguese aquí una cara de pendejo frustrado).
Miré mi reloj (las seis y media de la mañana), grité, exigí y supliqué que nos fuéramos. Regresábamos a casa. Me deshacía por el cansancio y por una puta idea: como me hubiera gustado ser lesbiana en ese momento.
si puede, dígalo con groserías