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De cómo me convertí en El Malo

Antes, imagíname aventando mi discman por la ventana. Espera. Estaba en el 2º. Piso de una casa azul con amarillo, las escaleras estaban por fuera y generalmente había colillas de cigarros en los escalones. No era muy limpio, al menos con mi casa. Estaba hecha un asco. En la sala había 3 sillones, grande, mediano y pequeño. Yo me sentaba en el mediano (el pequeño estaba hundido y al grande se le salían los resortes y picaban). El comedor era parte de la sala o la sala era parte del comedor, depende desde qué lado de la casa lo veías. Ese último día, dejé en la mesa 2 platos con pollo a la mantequilla (bueno, eso de “a la mantequilla” es un decir, porque en realidad lo cocí con mantequilla por que no había aceite), alrededor de la mesa había 3 sillas; en una estaba mi toalla mojada, en otra mi chamarra y la otra pues estaba del lado de los platos sucios. También había botellas, hojas, mi compu, vasos y cubiertos. Como a 5 pasos de la mesa estaba mi cuarto. La primer puerta a la derecha. Se escuchaba esa canción vieja que salía en un comercial de Coca Cola “Si-tu-me-quieres dame-una-sonrisa si-no-me-quieres no-me-hagas-ca-so”. Dejé mi grabadora prendida con un disco de varios éxitos juveniles de 197X. Me lo regaló el mismo primo que me dio mi primer disco de Joan Sebastian. En la cama, mis pantalones (andaba sólo en boxers y playera), y en el escritorio, muchas, muchas hojas. lo que sigue »