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Todos los tenemos (me atrevo a decir). Unos más, otros menos, algunos cubiertos de ellos, otros los tienen tan ocultos que casi ni se notan y otros los tienen más retorcidos y oscuros que otros, pero al final, somos personas con celos y pelos. No sé cuales son más bonitos, ni cuáles son más irritantes. Pero ambos tienen su encanto y su desgracia.

Hay (habemos) quienes preferimos un rico (y peludo) pachoncito que nos anuncia la gloria y hay quienes prefieren la higiene y la claridad en el sendero. Hay quienes prefieren callar y ocultar lo que revolotea en su paraonica cabeza (y piernas y estómago) y hay quienes hacen (hacemos) panchos, gritamos y gozamos del drama. Ambos son culeros como ellos mismos, pueden hasta acabar con vidas humanas (desde weyes que matan por que su vieja se cogió a otro, hasta pendejos que se ahogan por no saber como buscar adecuadamente). Pueden recordarles cosas que no quieren volver a pensar. Pueden ser simplemente fastidiosos y estar ahí chingue y chingue y chingue (¿qué nunca han tenido un pelo en la lengua?).

Al final, los debemos apreciar, no por lo que son, sino por lo que representan, los dos nos producen un placer inconsciente e indecible. Es decir, si hay muchos o pocos (pelos y celos) no importa, porque al final nos recuerdan la existencia de ese algo que buscamos. Un algo que deseamos y buscamos hasta torcer la mente (y las manos) y por qué no, un algo que necesitamos para sobrellevar este singular estruendo de sensaciones que llamamos vida (ay wey!). Pero si no soportan la sensación, ni pedo, busquen otra cosa, rasúrenle tantito (no tanto que tampoco es manda), piensen en cosas bonitas, corran hasta vomitar o simplemente arránquenlos de raíz (busquen algo más apto), duele, pero como dice Gian (el del gimnasio), si no duele no trabaja.